La artritis afecta ya a uno de cada diez españoles, una cifra que confirma la magnitud de una enfermedad crónica que va mucho más allá del dolor articular. Se trata de un conjunto de patologías que comparten un mismo denominador común —el deterioro progresivo de las estructuras que permiten el movimiento— y que condicionan la calidad de vida, la autonomía y el bienestar físico y emocional de quienes la padecen. Aunque su origen puede ser diverso, desde procesos inflamatorios de base inmunológica hasta factores mecánicos o metabólicos, todos desembocan en un mismo escenario: inflamación, rigidez, pérdida de movilidad y, con el tiempo, deformación.
Desde noVadiet, firma especializada en salud natural, recuerdan que la artritis “es mucho más prevalente de lo que creemos” y que su avance puede ralentizarse con hábitos saludables, especialmente a través de la alimentación y la actividad física. En un contexto en el que el envejecimiento de la población y el sedentarismo aumentan su incidencia, los expertos insisten en que actuar de forma temprana es clave para evitar daños irreversibles.
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Artritis: cuando el cuerpo ataca a sus propias articulaciones
No existe una única causa para la artritis. Más bien, se trata de un fenómeno multifactorial donde confluyen predisposición genética, estilos de vida y condiciones ambientales. Entre los factores más determinantes, los especialistas de noVadiet señalan varias categorías.
La primera son los procesos inflamatorios de origen inmunológico, característicos de enfermedades como la artritis reumatoide, en la que el sistema inmunitario identifica las articulaciones como una amenaza y comienza a atacarlas. Se trata de una patología especialmente agresiva que, sin tratamiento, puede provocar un daño articular severo.
A ello se suman los factores mecánicos, presentes en profesiones o actividades que someten a las articulaciones a un estrés continuo o a microtraumatismos repetidos. También la edad desempeña un papel decisivo: con los años, la capacidad de regeneración celular disminuye y se incrementa el desgaste natural de los tejidos.

El estilo de vida constituye otro eje central. El sobrepeso, el sedentarismo, una alimentación desequilibrada o el tabaquismo aceleran la degeneración articular. Y, finalmente, los factores genéticos y ambientales pueden predisponer o desencadenar brotes, especialmente cuando concurren infecciones o alteraciones de la microbiota intestinal.
Síntomas que no debemos normalizar
Aunque cada tipo de artritis presenta particularidades, existen síntomas comunes que sirven como señales de alerta.
El dolor articular, tanto en reposo como en movimiento, suele ser uno de los más evidentes. A menudo empeora por la mañana o tras periodos de inactividad. Le sigue la rigidez, especialmente durante los primeros minutos del día, que mejora conforme la persona se moviliza.
Otros signos habituales son la hinchazón, el enrojecimiento y el calor en la articulación, indicadores claros de inflamación. También la limitación funcional, que puede dificultar acciones tan cotidianas como subir escaleras, agacharse o manipular objetos pequeños.
Al avanzar el deterioro, muchos pacientes experimentan crujidos o sensación de rozamiento, consecuencia del desgaste del cartílago, así como fatiga general, derivada del esfuerzo constante que supone moverse con dolor. Sin tratamiento adecuado, el daño articular progresa y puede ocasionar deformidades, pérdida significativa de movilidad o incapacidad parcial.
La alimentación, un aliado clave para frenar el avance de la artritis
Si bien no existe una cura definitiva para la artritis, sí hay herramientas que pueden reducir sus síntomas y ralentizar su evolución. Entre ellas, la alimentación ocupa un lugar destacado.
El patrón que más beneficios ha demostrado es la dieta mediterránea, rica en frutas, verduras, legumbres, frutos secos, pescado azul y aceite de oliva virgen extra. Todos ellos aportan antioxidantes, vitaminas y ácidos grasos antiinflamatorios que ayudan a disminuir el dolor y mejorar la movilidad.
Los alimentos ricos en omega-3, como el salmón, la caballa o las sardinas, destacan por su capacidad para reducir la inflamación. Las proteínas de calidad —pescado, huevos, carnes magras o legumbres— son esenciales para regenerar tejidos y fortalecer la musculatura, que actúa como soporte natural de las articulaciones. Y una correcta hidratación, a menudo subestimada, resulta clave para mantener el líquido sinovial que lubrica los huesos.
Por el contrario, los azúcares simples, las grasas saturadas y los ultraprocesados incrementan la inflamación sistémica y contribuyen al deterioro del cartílago.
Complementos nutricionales: un apoyo para las articulaciones
Además de una dieta equilibrada, noVadiet recuerda que determinados complementos alimenticios pueden ayudar a proteger y regenerar las estructuras articulares, especialmente cuando ya existen molestias o desgaste.
Entre los más utilizados se encuentran:
- Colágeno hidrolizado, la forma más absorbible de esta proteína esencial para cartílago, tendones y ligamentos.
- Ácido hialurónico, que mejora la lubricación articular.
- Magnesio, imprescindible para el adecuado funcionamiento muscular.
- Glucosamina y condroitín sulfato, ambos implicados en la formación y mantenimiento del cartílago.
- Cúrcuma (curcumina), un potente antiinflamatorio natural.
- MSM, una fuente de azufre que interviene en la producción de colágeno.
- Membrana de huevo (Ovomet®), rica en colágeno y elastina.
- SAMe, que puede mejorar la movilidad articular.
- Zinc y selenio, dos antioxidantes que protegen frente al daño celular asociado a la inflamación crónica.









