Cuando bajan las temperaturas, muchos guardan en un cajón la crema solar como si fuese un accesorio estrictamente veraniego. La mayoría asocia su uso a los días de playa, piscina o montaña estival. Sin embargo, esta costumbre, tan arraigada como errónea, preocupa cada vez más a los dermatólogos. El sol no entiende de estaciones. Y aunque el frío pueda engañar, la radiación ultravioleta (UV) sigue estando muy presente durante el invierno y puede ser igual de dañina para la piel que en pleno agosto.
“La exposición solar acumulada es una de las principales causas del envejecimiento prematuro de la piel y del aumento del riesgo de cáncer cutáneo”, explica Cristina Villegas, jefa del Servicio de Dermatología del Hospital Universitario Sanitas La Moraleja. La especialista recuerda que los rayos UVA, responsables directos del fotoenvejecimiento, atraviesan las nubes, la niebla e incluso los cristales. Es decir, afectan tanto en un día despejado como en uno gris, y tanto al aire libre como dentro de la oficina o del coche.
“Por eso, la fotoprotección no debe verse solo como una cuestión estética, sino como una medida esencial para cuidar la salud de la piel”
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El invierno, una estación engañosa para la piel
La falsa sensación de seguridad que provoca el frío es uno de los principales motivos por los que se abandona la protección solar en esta época del año. Pero la piel sí nota –y mucho– los efectos combinados del clima y de la radiación.
Según Villegas, el invierno es especialmente crítico porque el frío y el viento resecan la piel, debilitando su barrera natural y haciéndola más sensible a los daños solares. A ello se suman los efectos de la calefacción y los cambios bruscos de temperatura entre interiores y exteriores, que agravan la deshidratación cutánea.
Pero la situación se intensifica especialmente en zonas de nieve o montaña. Allí, la radiación UV se refleja en las superficies blancas, aumentando su potencia. En altitud, además, la atmósfera ofrece menos capacidad de filtrado, por lo que el impacto del sol es directo y acumulativo. “En entornos de nieve, la intensidad de los rayos UV puede duplicarse. De ahí que sea imprescindible mantener la fotoprotección también en esta época”, subraya Villegas.
Las zonas más vulnerables: rostro, cuello, escote y manos
Aunque el cuerpo se mantiene más cubierto en invierno, hay áreas que quedan expuestas a diario a la radiación solar sin que muchas personas sean conscientes de ello. Los dermatólogos señalan especialmente cuatro:
- El rostro, donde el daño solar se manifiesta con arrugas finas, manchas y pérdida de luminosidad.
- El cuello y el escote, zonas con una piel más fina y vulnerable, que acusan pronto el fotoenvejecimiento.
- Las manos, que no solo reciben sol directo, sino también reflejado, y muestran signos de envejecimiento con rapidez.
Con el paso de los años, estas áreas pueden evidenciar cambios en la textura, aparición de lentigos solares y mayor flacidez, señales que muchas veces podrían evitarse con una buena rutina de fotoprotección.
Un cuidado que va más allá de la crema: hábitos que marcan la diferencia para proteger la piel en invierno
Los expertos de Sanitas insisten en que proteger la piel en invierno requiere constancia y productos adaptados a las necesidades de cada persona. Pero también implica incorporar hábitos diarios que refuercen la salud cutánea desde dentro y desde fuera. Estas son las claves que recomiendan:
1. Elegir protectores adecuados al tipo de piel
En los meses fríos, la piel tiende a secarse debido a la calefacción, el viento y los cambios bruscos de temperatura. Por ello, conviene optar por protectores solares con fórmulas hidratantes. Ingredientes como el ácido hialurónico, las ceramidas o el aloe vera ayudan a mantener la barrera cutánea en buen estado y a evitar la sensación de tirantez.
La elección del filtro solar también es relevante. Aunque la radiación UVB disminuye en invierno, los rayos UVA —los principales responsables del envejecimiento— siguen presentes todo el año. Por eso, se recomienda usar fotoprotectores de amplio espectro con un FPS 30 o superior.
2. Reaplicar el protector varias veces al día
Uno de los errores más comunes es pensar que una sola aplicación dura todo el día. La sudoración, el roce con bufandas o cuellos altos y el simple paso de las horas reducen la eficacia del producto. Si se pasa tiempo al aire libre o se realiza ejercicio, es aconsejable renovar la aplicación cada dos o tres horas.
Para facilitar este hábito, los dermatólogos sugieren opciones en formato bruma o stick, que pueden aplicarse fácilmente sobre el maquillaje sin arrastrarlo.
3. No olvidar los labios y el contorno de ojos
Estas zonas presentan una piel especialmente fina, sin glándulas sebáceas y altamente sensible al frío y al sol. Los labios, además, pueden agrietarse con facilidad en invierno. De ahí la importancia de utilizar bálsamos labiales con protección UV y, en el caso del contorno de ojos, proteger la zona con gafas de sol homologadas, incluso en días nublados.
4. Mantener una rutina de cuidado integral
La fotoprotección es solo una pieza del puzle. Su eficacia aumenta cuando se acompaña de un estilo de vida saludable. Los dermatólogos recomiendan:
- Una hidratación adecuada, tanto tópica como interna.
- Una alimentación rica en antioxidantes, presentes en frutas, verduras y frutos secos, que ayudan a combatir el estrés oxidativo.
- Una limpieza facial suave, que elimine impurezas sin resecar.
Aunque la conversación pública suele centrarse en la belleza o el envejecimiento, los especialistas insisten en el verdadero objetivo: prevenir daños a largo plazo y reducir el riesgo de cáncer de piel. España registra cada año más casos de melanoma y carcinomas cutáneos, y gran parte de ellos están relacionados con la exposición acumulada a lo largo de la vida.
Por ello, recuerdan que adoptar la fotoprotección como un hábito cotidiano, sin importar la estación, es una inversión en salud. El invierno no es una tregua: es una oportunidad para reforzar una rutina que, aplicada con constancia, ofrece beneficios visibles y duraderos.









